Mi primer día en Viena

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Puede decirse que el día de mañana, cuando mis tataranietos me pregunten cómo fue mi primera visita a Viena, si es que me lo llegan a preguntar,  empiecen a creer que comienzo con demencia senil pero qué le voy a hacer yo si el surrealismo me persigue.

Después de un día agotador por una Viena inmersa en la niebla, de vaivenes constantes por las hiperdecoradas calles de la ciudad, de visitar chorrocientosmil mercadillos navideños que alimentaron, más aún si cabe, el espíritu consumidor de mi hermana, decidimos coger un taxi camino del hotel.

Así pues, alce la mirada al horizonte, vi una lucecita verde que indicaba “taxi libre” y un mercedes del año catapún, con algún que otro bollo en las puertas y una mezcla de olor a viejo tabernero, cojín antiguo y ambientador de pino, paró y con un acento inglés a lo Apu de los Simpsons me preguntó que a dónde íbamos. Las pintas del tipo eran algo peculiares y no se porque algo me dijo que el viajito desde el centro hacia el hotel iba a estar entretenido…

El tipo dominaba un lenguaje del que estoy deseoso de que alguien me diga cuál es y de qué narices hablaba, porque desde luego, parecía un monólogo turcovienés con acento indio. No callaba ni debajo del agua, elevaba el tono de vez en cuando dejándonos callados, iba con unos cascos que parecían pillados del AVE y lo mejor de todo es que si analizabas el diálogo te costaba encontrar cierto “feedback” con la persona con la que supuestamente hablaba. Vamos, que enteramente parecía que hablara solo.

El paseíllo en taxi terminó, afortunadamente, de modo satisfactorio. El tipo nos llevó inexplicablemente derechitos al hotel y nos cobró lo justo, ni un poquito más ni un poquito menos, cosa rara puesto que los taxistas con el rollo de que eres guiri te la intentan clavar siempre con 1 o 2 leuros por encima del precio y cualquiera discute con ellos…

Una vez en la habitación y mientras Diana se terminaba de arreglar para la cena, me dedique a analizar la habitación del hotel, buscándole las 3 estrellas que según nos dijeron tenía el hotel e intentando darle explicación al porqué de los ruidos de todas las habitaciones en las que, si te rascabas la nariz, estornudabas o simplemente se te escapaba alguna flatulencia, por leve que fuera, se oía, si, se oía perfectamente, doy fe de ello puesto que limpiándome los dientes fui testigo de un espectáculo sonoro en “do alto” con el cuarto de baño del vecino y que resultaron ser unos señores mayores de Mallorca.

Después del análisis del hotel, llegó la hora de la cena con la gratísima sorpresa de encontrarnos con un estupendo buffet del que como no podía ser de otra manera, aproveché a todo tren la coyuntura de la situación para ponerme como el Kiko sirviéndome 3 estupendos platazos:

  • 4 filetes empanados, tonelada y media de patatas y ketchup
  • Platazo de tallarines a la carbonara con mucho pero que mucho beicon
  • Sopa de pescado hasta arriba que repetí de lo buena que estaba.

A una cena algo escasa, tuvo que ponerle la puntillita mi hermana con el momento “Calabapino” en el que la muy mongola creyó comestible una fruta híbrida de la decoración del buffet y sin más miramientos decidió hincarle el diente comprobando finalmente que el turismo gastronómico no era realmente lo suyo…

De nuevo en la habitación y nuevamente esperando a que Diana terminara de ducharse, inicié lo que considero ya un rito en todos mis viajes: “El tour por los canales de televisión en país extranjero”. Aquí os dejo una muestra de los canales austríacos y un estupendo programa del que estoy seguro que batiría records de audiencia aquí en España y que podeis encontrar en los minutos finales del video que muestro a continuación. Espero que os guste, yo me quedé embobado durante horas.

Guay eh?