Paraiso en las Islas Cíes

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A tan solo 14’5 kilómetros del puerto de Vigo, nos topamos con un paraíso virgen llamado “Islas Cíes”. Con una extensión de 5 kilómetros cuadrados y 7 kilómetros de largo estas islas fueron declaradas en el año 1997 como las mejores del mundo por la famosa revista “The Guardian” por delante de lugares como las rivieras mexicanas y archipiélagos hawaianos.

Después de un duro camino de Santiago, con Miguel Ángel aún convaleciente por la enfermedad que se había pillado, pero cargaditos de ilusión, nos levantamos temprano y pusimos rumbo hacia Vigo ayudados del veloz cercanías que comunica Santiago con este, para que, una vez allí, nos pilláramos un ferry que nos dejase en la playa de Cíes.

El trayecto en ferry fue un espectáculo. Nos colocamos en la parte superior del barco y pudimos disfrutar de toda las rías de Vigo en un día fantástico en el que a toda velocidad, sorteando barquitos pesqueros y salpicados por las gotitas que al barco llegaban de las olas que el propio barco sacudía, nos encajamos en las Islas en menos de 45 minutos. Fue toda una experiencia que recomiendo.

A nuestra llegada fuimos a un punto de información situado en una cabañita de madera. En él, nos guiaron con mapas de los puntos más impresionantes de la isla y nos informaron de que había que tener ciertas consideraciones a la hora de movernos por la isla puesto que es patrimonio de la Unesco y reserva natural al 100%. Es un entorno súper protegido.

En la Isla tan solo hay un bar y un camping. La basura, evidentemente hay que recogerla y hacer uso de las papeleras, pero ya no solo las bolsas sino también residuos orgánicos como pan o alimentos, puesto que podría poner en peligro el equilibrio de la fauna que allí habita que en su mayoría son… cientos de gaviotas.

En la isla no se escucha otra cosa que los constantes graznidos de las cientos y cientos de gaviotas que revolotean por allí. Ojito con la comida que en un plis-plas te las ves con el pico dentro de la bolsa. Estos bichos han desarrollado una habilidad para el hurto propia de profesionales de casino.

Uno de los momentazos de nuestra visita a Cíes fue subiendo a uno de sus faros más altos, donde Miguel Ángel y yo descubrimos un acantilado por el que el aire te sacudía como si fuera un reactor. Las sensaciones que allí sentimos fueron increíbles, ya no solo por el lugar, sino porque me comí una zarza con las chanclas.

Bueno, pues… hablando de chanclas, como dato anecdótico, es necesario recalcar que, viniendo como veníamos, algo maltrechos, del camino de Santiago, nuestra sangre andarina, nos convirtió en masocas “de pro” durante toda la visita a Islas Cies, ya que fuimos en chanclas por multitud de caminos llenos de piedras sueltas, cuestas y no paramos de andar y patearnos de punta a punta la Isla entera con bolsas llenas de dulces, conserva, embutidos y agua que habíamos comprado en Vigo, para el almuerzo y que, cualquiera que nos viera por allí, más que pensar que veníamos a visitar las islas, diría que traíamos la compra del Mercadona.

El interior de la isla, sus bosques, senderos y todo lo que no son playitas caribeñas, también merece y mucho la pena. En ella hay varios faros situados a gran altura cuyo acceso es a través de enormes escalinatas que atraviesan estos bosques y desde los que se pueden contemplar extraordinarias  vistas con impresionantes desfiladeros que, cómo no, son atravesados constantemente por gaviotas chillonas que a su paso, generan un eco  en ellos que convertían aquel lugar en un paraje idílico.

Bajando del Faro de Cies, Miguel Angel y yo decidimos investigar un poco por nuestra cuenta puesto que las niñas decidieron darse un tiempo de relax en la “playa de Nosa Señora”. Con las bolsas a cuestas y sin saber muy bien por dónde ibamos, permanecimos unos minutos en un observatorio de aves y posteriormente tomamos un atajo de los de Miguel Angel, si, de esos en los que te pegas 2 horas buscando la manera de volver al punto de partida, y atravesamos un bosque de cuento que nos conduciría a la playa donde estaban las niñas.

El agua es mírame y no me toques. Está congelada. Nosotros lo intentamos pero a los 30 segundos se te contraían los músculos de los pies y un dolorcillo curioso acompañado de hormigueo empezaba a recorrerte los pinreles hasta el punto de tener que salirte corriendo.

Aún así, ya en la playa de Nosa Señora, Miguel Ángel dio la nota y se bañó como un valiente, lanzándose al agua, de golpe y de cabeza, haciendo gala de la sensatez que le caracteriza puesto que no olvidemos que días antes estaba con fiebre y vómitos. Sus chapoteos al grito de “que me quiten lo bailao” no tuvieron precio para mi y los allí presentes.

Apenas sin tiempo, nos marchamos de la isla con un sabor de boca espectacular puesto que estás Islas eran el premio merecido a las enormes caminatas que días antes nos habíamos pegado en el Camino de Santiago y que en un día intenso, redondo y que jamás olvidaremos nos dejan un recuerdo que a la larga nos dará morriña, ¿verdad gallegos?