El reventaero

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Ya de madrugada, en plena Sierra Nevada, a más de 2700 metros, después de la movida de la cuba, el falso observatorio, de habernos congelado y sabiendo que no teníamos alojamiento, era hora de decidir qué hacer puesto que eran las 6 de la mañana y estábamos vendidos.

Yo era partidario de volvernos a Sevilla puesto que solo pensaba en las 3 horitas de coche que me esperaban de regreso, pero finalmente y gracias a dios, nos quedamos en Granada.

A la desesperada, con tal de descansar un poco, buscamos alojamiento en varios sitios (camping de Granada, hostales, etc..), pero nada lo suficientemente económico como para que nos compensaran las 6 horas que nos restaban hasta la hora de dejar la habitación, que como sabéis, suele ser sobre las 12. Como último cartucho quisimos probar suerte en el albergue de Granada y la verdad es que… podríamos habérnoslo ahorrado ya que la cara que puso el recepcionista al vernos, fue un poema. Eran las 6.30 am, con los pelos de punta debido al aire de la montaña, caras de reventados con las barbas largas, JR en chanclas y yo con una toalla que había olvidado quitarme de los hombros y encima, vamos y le decimos que somos 9 personas! Tenían alojamiento, eso seguro, pero probablemente el tipo pensaría que éramos de una secta o un grupo de pirados que pretenderíamos quemar el albergue. Total, que el recepcionista, algo acojonado y ojiplatico, nos dio largas fue entonces cuando, sí que sí, nos quedamos en la calle.

Pues bien, después de esto, decidimos hacer un “consejo de sabios”, volver a decidir qué hacer y tras pensar y pensar…, ver algún que otro video de la PDA de JR, dubitar, volver a pensar, discutir y volver de nuevo a los videos de la PDA, decidimos hacer tiempo, cosa que se nos da muy bien, hasta que abriese algún bar y comernos unos churritos. Y así fue. Después de pasar cerca de hora y media en un parquecito infantil, nos metimos en una churrería y arrasamos literalmente, con la fortuna de que, ante el caos que preparamos a la hora de ponernos de acuerdo para pedir para todos, los camareros se equivocaron, se hicieron un lio al servirnos y por el mismo precio nos pusieron 2 platos extra de churros y 2 chocolates.

Después de llenar el gaznate y algo más espabilados, nueva reunión de sabios y dando prueba de nuestra sensatez y aplicando por vigesimonovena vez en el día el “Carpe Diem”, decidimos esta vez que, en vez de regresar a Sevilla y descansar, hacer turismo por Granada subiendo hasta el mismísimo mirador de San Nicolás pasando por los puestecillos y plazuelas del barrio bajo de la ciudad y atravesando todo el Albaicín, que no se si sería por la situación, pero jamás me había gustado tanto como aquel día.

Como caracoles dejamos pasar el tiempo al Sol hasta la hora de comer, momento en el que decidimos bajar, pero en esta ocasión, en vez de andando, bajaríamos en autobús o mejor dicho, un microbús abollado. Y… bendita la hora en que decidimos utilizarlo, ya no por no bajar andando sino porque el hecho de bajar en autobús por el albaicín es toda una atracción que por 1€ no se puede dejar pasar.

A toda velocidad, pasando a centímetros de los muros de las calles, dando botes, realizando giros imposibles en angostas callejuelas y haciendo gala de ser un auténtico crack de la conducción, en cuestión de minutos, nos dejó en el centro de la ciudad.

Una vez allí nuevo dilema. ¿Dónde comer? Había 2 bandos. El bando “tapero”, que proponía comer bebiendo con las tapitas que te dan gratis en los bares granadinos y el bando “me da lo mismo”, que pasaba de buscar un bar que diera tapa gratis con la bebida y entrar en el primer sitio que pilláramos debida la hora que era. Yo estaba en el segundo bando no solo por la hora, sino porque soy de saque grande y para comer necesitaría 5 o 6 tapas.

Finalmente, tras desechar varios bares y no encontrar nada, en un ataque de frenética hambruna dijimos que en el siguiente sitio que viéramos entrabamos, dando la santísima y afortunada casualidad de que dimos con la meca del glotón.

Dimos con “El reventaero”, famoso en el mundo entero.

Allí estaba, escondido en unos bloques, esperando a que entráramos y repusiéramos las fuerzas que necesitábamos después de más de 36 horas sin dormir.

Nada más llegar nos pareció un sitio normal, con sus platos combinados y sus tapas, pero detrás de aquella fachada había algo más. Como lobos hambrientos, los 9 empezamos a pedir platos combinados, bebidas, alguna ración, etc… y cuándo ya estaba todo servido, nos dicen que qué tapas queremos. Nos miramos los unos a los otros y dijimos que no queríamos tapas, a lo que nos dijo el camarero que con cada bebida teníamos derecho a “una tapa”. En tal caso dijimos que Ok, sin tener en cuenta que “las tapas” eran tamaño barriada y en muchos casos platos combinados. En El reventaero se considera tapa a: pinchito de pollo con huevo frito y patatas, hamburguesa con patatas, media de choco, carne con tomate y patatas, etc… ¿Qué ocurrió? Que a los camareros les dio la risa porque cada uno de los 9 pedimos una tapa y tuvieron que ponernos una mesa supletoria y 2 sillas en las que poner platos con comida porque en la mesa no cabían.

Hubo platos que ni nos los pusieron porque no nos los íbamos a comer. Absolutamente surrealista. Lo mejor de todo es que salió baratísimo. La comida terminó entre risas, casi sin dar crédito a tan surrealista fin de semana y con los 9 reventados y tirados por los suelos literalmente a la entrada de El reventaero.