A caballo entre Cádiz, Sanlucar y Jerez con cena de Palacio

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Después de nuestro paseito por Cádiz, el siguiente punto a lo largo de nuestro periplo de 3 días por la costa gaditana sería Sanlucar de Barrameda, un pueblecito costero, famoso por sus carreras de caballos junto a la desembocadura del Guadalquivir en la mismísima  playa, su buen comer y cómo no, la omnipresente vino de Manzanilla siempre en las mesas de las Ferias andaluzas.

La primera parada sería en las bodegas Pedro Romero donde nos iniciarían en el mundo de la Manzanilla y sus secretos.

Personalmente el tema vinícola no es que me apasione, todo el mundo sabe que cuando tengo hambre sería capaz de comerme a una vaca por los cuernos pero a la hora de beber… soy un poco tiquismiquis, pero en este caso, me llamó especialmente la atención la elaboración de la Manzanilla. Tanto es así que si no llega a ser porque estaba tomando medicamentos para mi maltrecha garganta, seguramente la habría probado.

En Sanlucar de Barrameda y sólo en Sanlucar de Barrameda, hay una especie de microclima, producido entre otras cosas por la brisa atlántica y las marismas, que permiten que durante la fermentación del vino se forme el famoso “Velo de flor”, una pequeña capa de levaduras fermentadas que forman una espesa capa parecida a la nata que a veces se forma en la leche y que curiosamente protegerá contra la oxidación al vino y le dará ese sabor tan especial.

¿Y por qué solo en Sanlucar? El microclima del que os hablaba antes permite que en Sanlucar el “Velo de flor” desaparezca durante el verano e invierno, cosa que en otros lugares no sucede.

Según dicen, de Despeñaperros para arriba la manzanilla ya no sabe igual. Curioso.

Después de conocer los secretos de la Manzanilla, fuimos en un busca de un secreto a voces en Sanlucar: “el papeo”. Concretamente en el Bajo de guía, un modesto barrio de marinero de la ciudad frente a la desembocadura del Guadalquivir y Doñana.

En el restaurante nos recargaron las pilas como sólo aquí en el sur sabemos hacerlo.

Aliños de la tierra, coquineo champions league, langostino tigre de bengala…

Y por supuesto, uno de mis platos favoritos, con el que repetí hasta 3 veces, arroz caldoso a la marinera.

A tope y como el conejito de Duracell, salimos del restaurante para llevarnos de nuevo en autobús hasta Cádiz, donde el que quiso se echó una siesta, el que pudo “algo más” y el que ni una cosa ni la otra, como era mi caso, simplemente descanso en los sofás del hotel hasta nuevo aviso, pero esta vez hacia Jerez, donde nos esperaría uno de los platos fuertes del viaje en la Real Escuestre Andaluza: “los caballos”.

Durante el camino fui un poco apampladillo. La garganta la tenía cada vez más grogui debido al resfriado, pero en ese momento de apamplamiento existencial, el chofer del autobús logró espabilarme cuando a la entrada de la Real Ecuestre se refirió a nosotros, incluido yo, como personalidades ante el control de seguridad del recinto. Te cagas. Aparentemente puede resultarte una memez, si, lo admito, pero tras varios años exigiendo a tus colegas que se dirijan a ti de ilustrísimo, que venga alguien y se refiera a ti como “personalidad” gratuitamente y sin chantaje previo, a uno que quieres que te diga pero le hace sentir hasta importante, hombre. Ya lo decía mi abuelo.

En fin, después del momento jocoso, nos llevaron al graderío y ya en el interior, empecé a pensar que eso de “personalidades” iba a ir en serio. Nos sentaron en la tribuna del recinto, detrás de “personalidades”, las de verdad, todo esto aderezado con una cámara de TV que durante todo el espectaculo parecía seguir nuestros movimientos. Estuvo bien el momento Victoria Beckham.

El espectáculo empezó bajo la atenta mirada de 1500 personas y en él pudimos ver a los mejores domadores de Andalucía y España haciendo de las suyas con estos inteligentísimos animales.

El espectáculo formaba parte de una gala extraordinaria con motivo del Moto GP, que al día siguiente veríamos, y que en cierto modo explicaría la presencia de “personalidades”, “personalidades de verdad” y la cámara de TV.

Durante el espectáculo hubo momentos espectaculares.

Después del espectáculo, salimos del recinto y en mi caso, sin tener muy bien ni idea de hacia dónde nos llevaban, cual ovejita perdida seguí al rebaño dando a parar a un señor palacio en el que, “ojo al dato”, cenaríamos.

En un principio pensé que era una casa de lujo, me costaba pensar que allí mismo cenaríamos pero ante la duda, pregunté y efectivamente, estábamos en el Palacio de Recreo de las Cadenas, construido por el arquitecto francés Charles Garnier, el mismo que construyó la Opera de París y el casino de Montecarlo. Ahí es nada.

Según entramos nos recibieron con unos tentenpiés de lo más sibaritas: brochetas de kiwi, salmón y langostinos; rebanaditas de pantumaca, salmorejo en cuenquitos, tortillitas de camarones… algo ligerito para bajar las coquinas y el arroz del medio día.

Pero como momentazo de la noche me quedo con el salón en el que nos tenían preparado el banquete.

Hasta ese momento, lo mejor que había hecho en salones como en el que nos encontrábamos era el contemplar obras de arte en algún museo o alguna visita guiada por los salones de la casa de algún duque, principe o rey. Fue divertido cenar en un lugar así.

Después de flipar un poco con la sala fuimos al lio. En la mesa nos esperaba jamón, como diría mi padre “del güeno”, queso, pastel de cabracho…

Solomillo al Pedro Ximenez con pastel de patata y setas…

Y de postre, uno de esos postres que por la presentación da pena incarle el diente y que estaba hecho con Mouse de frambuesa, bizcocho y helado de nata.

Día intenso, de arriba a abajo, “a caballo” entre Cádiz, Jerez y Sanlucar a base de experiencias únicas y divertidas que me dejaron muy buen sabor de boca en todos los sentidos. No es para menos.